martes

7 de setiembre






Por fin parece que empiezo a ver el camino con mayor claridad en esta tierra de líneas y círculos.
Estos dos últimos días han sido muy provechosos para conocer gente, lugares, buses, y ya no me siento tan tan extraña como al principio. Claro, siempre me ven en la calle como un bicho raro, a lo que es difícil acostumbrarse, según una chica serbia con la que hablé, pero nunca cambia, por más años que vivás aquí, así que será mejor aplicarme un baño de aceite para no darle tanta importancia.
Ayer nos hicieron los exámenes médicos para obtener la visa de residencia. Aceptaron todos los que traje de Costa Rica, pero hacían falta el de Hepatitis B y otros, entonces, me tuve que hacer una prueba de sangre. Se supone que un profesor los recoge y la otra semana nos los da, para ir a la policía local y solicitar la visa.
También me fui a la U a ver mis horarios, pero aún no estaban listos; me sentía un poco sola y aburrida, frustrada de no poder hablar ni buscar direcciones, entonces, agarré el Lonely Planet y me fui a buscar un café Internet que viene anunciado. Empecé a caminar por donde creí que era, vi a unos chinos con unas computadoras, entonces, mejor les pregunté, pero no me entendieron –claro- hasta que les mencioné el nombre de la calle que buscaba; entonces, muy amablemente me hicieron un rudimentario mapa sobre cómo llegar. En realidad, el café está bastante cerca de la U –como a 20 min caminando- y es barato; además, me sirvió para conocer algunas calles cercanas.
Luego regresé a la U para ver mis horarios de clases: de lunes a viernes, de 8 a 11:50 de la mañana y lunes, miércoles y viernes de 2 a 3:20, solo conversación o escritura. Voy a tener poco tiempo libre, considerando, además, que quiero ir al gimnasio.
De hecho, Fernando, un estudiante de Guinea Ecuatorial que habla español (éste es el único país de África donde se mantuvo la colonización española, seguida por la francesa e inglesa), me ayudó a encontrarlo. Es barato, hay clases diversas y puedo hacer pesas también. Será interesante interactuar con los chinos allá, aunque sea sin hablarles, por ahora, ver cómo reaccionan ante la presencia de una extranjera.
Otra cosa importante es vigilar mi presupuesto, pues aunque nos van a dar más yuanes de lo que nos habían dicho, aquí todo es plata. Tengo que pagar la lavandería -45 yuanes por 10 lavadas la primera vez y 35 yuanes después por cada 10 lavadas-; el agua -8 yuanes por botellón-; el Internet -40 yuanes-; el transporte cuando salga de la U –cada bus vale Y2, así que podría gastar unos Y50 al mes-; cosas para limpiar el cuarto –porque no nos dan nada- si Thai, mi compañera de cuarto, se los lleva-, lo que puede ser uno Y25 al mes, y la comida que es en lo que más se gasta.
El restaurante de estudiantes es muy barato, con Y5 -como 400 colones- se come bien, sin refresco, pero con mucho arroz, afuera compro snacks y frutas y hay un mercado nocturno todos los días, desde como las 6 de la tarde, donde se consigue de todo más barato, pero como extranjera, siempre tratan de cobrarme más y aún no puedo defenderme, así que me limito a ir al supermercado.
Ayer quise salir parar conocer algún lugar histórico o museo de la ciudad y me fui al Memorial de la Masacre de Nanjing.
La recepcionista del hotel me ayudó con los buses que debía tomar –dos- y la ruta que seguir. Igual me perdí cuando me bajé del primer bus, porque me bajé dos paradas después, así que tuve que tomar el mismo bus para devolverme, pero luego ya ubiqué la calle, el otro bus, y para regresar fue relativamente fácil.
El museo es muy interesante y te alcanza para unas 2 horas y media de recorrido, leyendo la mayoría de cosas detenidamente. Explica la “toma” de Nanjing por parte de los japoneses de diciembre de 1937 a enero de 1938, fueron solo dos semanas, pero fue suficiente para matar a 300.000 personas y violar a unas 20.000 mujeres, niñas y ancianas. En fin, fue una especie de holocausto. Lo mismo que estaban haciendo los alemanes con los judíos, lo hicieron los japoneses aquí. Si hubieran tenido más tiempo, parece que los hubieran matado a todos.
Lo curioso es que al menos un alemán que vivía aquí entonces, pues tenía una fábrica de cemento, colaboró para establecer una zona internacional de refugio para la gente, donde los japoneses no pudieron entrar. Por eso, Hitler le dio una medalla al mérito, por ayudar a la gente en Nanjing; en el Memorial está en exhibición.
Esto me parece absolutamente contradictorio, pues él estaba haciendo lo mismo con los judíos en Europa. Incluso, había un Club de la Esvástica Roja que ayudó a la gente aquí, pero en Europa estaban destrozando gente y países, lo cual resulta muy irracional.
Lo que más me impresionó del museo fueron los testimonios grabados de sobrevivientes a la tragedia, quienes cuentan cómo vieron morir a sus familias enteras –desde los abuelos, hasta los hermanos más pequeños- y fueron heridos en alguna parte de sus cuerpos. Los ahora ancianos lloran cuando narran sus vivencias y me pregunto si heridas como esas llegan a sanarse alguna vez. Probablemente no.
En un caso, un anciano cuenta cómo estaban en la calle, acorralados por los japoneses, y su madre tenía a su hermano pequeño en brazos; entonces, los japoneses le pidieron soltarlo; ella no quiso, por lo cual la abayonetaron para que lo soltara. Puso al niño en el suelo, pero éste se vino donde ella de nuevo para que lo alzara; parece que lloraba porque, entre otras cosas, tenía hambre y quería leche de su mamá. La señora jaló al bebé y la volvieron a abayonetar para que no pudiera alzarlo, sin embargo, herida y en el suelo, logró sacarse el pecho y poner a su hijo a comer. Supongo que también mataron al bebé.
El ahora anciano, su otro hijo, vio todo esto y lloraba al contarlo. Los sobrevivientes se lo llevaron a un refugio y luego le contaron cómo en la calle había una madre con su pequeño hijo tomando leche de su pecho, congelados por el frío, en la calle. “Esos eran mi madre y mi hermanito”, dijo el hombre. Se convirtieron en estatuas de hielo y quedaron como testimonio de esta cruenta matanza.
Cada vez que lo pienso, me hace pensar: cómo podemos llegar a tal nivel de crueldad. Me da miedo saber que cosas como estas pasaron, pues pueden volver a pasar, está en nuestros sistemas ser cruel con los “enemigos”, odiarlos y matarlos, para eso se entrenan los militares, para eso se hacen las guerras, para “derrotar” al otro, lo que casi siempre implica quitarlo del camino, eliminarlo.
De igual forma, siempre viene a mi mente la misma pregunta existencial: por qué hay pueblos, personas, que pasan por esto, y otros no, otros nunca viven cosas como éstas, sino que viven relativamente en paz, como en Costa Rica. Será, acaso, solo una cosa de causa y efecto o que tienen que cumplir cierto camino para purificarse. Me parece algo demasiado cruel como para pensar que tiene que ser así, que ya está escrito.
En el fondo, a pesar de nuestro tercermundismo, quizás los ticos somos uno de los pueblos más inteligentes de la tierra, pues nos gusta la paz, al menos esta militar, la paz personal o colectiva es diferente, y nos hemos librado de muchas cosas terribles gracias a ello.
Es todo por ahora.

No hay comentarios: