domingo

El Templo Ji Min



































Fundado en el primer año de la Dinastía Jin de Youngkang del Este (300 años d.C.), el Templo Ji Ming tomó su nombre del Templo Tong Tai. Actualmente se conoce como uno de los 480 templos de las dinastías del sur de China.

En la dinastía Tang del Sur fue llamado Templo Jing Ju y, luego, Templo Yuan Ji. En la dinastía Song fue llamado Fa Bao, pero desde 1387, se le llamó Ji Ming. Fue restaurado por el monge De Min en el primer año de la dinastía Qing.

El edificio Jing Yang fue añadido en 1912 y fue reconstruido por los monges en 1959, después de que un gran incendio quemara varios edificios en 1973. Fue restaurado en 1981 y desde 1984, las estatuas de bronce del Buda y Guan Yin (que pesan 5 toneladas) están ubicadas ahí. La torre Yao Shi, de 44,8 metros, fue reconstruida en 1989 y se convirtió en uno de los miradores más famosos de Nanjing.

Me han dicho que este templo, a pesar de su pequeño tamaño, es uno de los más hermosos de China. Es el primero que conozco, entonces, quedé impresionada, no sólo por la riqueza de símbolos que tiene el budismo, sino por el misticismo que lo envuelve.

Mi amiga y yo llegamos a la hora del rezo, que se realiza todos los días a las 4 de la tarde, y fue muy emotivo ver la ceremonia que llevan a cabo los monges, todos muchachitos de entre 17 y 22 ó 23 años. Con sus hábitos cafés y sus cabezas rapadas entonan cantos repetitivos a Buda, de manera que crean un sonido relajante para quien escucha.

Fue imposible para mí no prestar atención durante la hora que duró la oración. Los cantos eran relajantes y combinaban perfectamente con la "coreografía" en forma de "S" que realizaban los monges entre los asientos.

Con ello representaron -me parece- el concepto de lo circular como figura perfecta y la idea de que la vida es un ciclo donde principio y fin se encuentran en algún momento.

Los cantos eran lentos al principio, pero luego fueron tomando velocidad y, con el tono de las voces, creaban un sonido armónico que motivaba a no pensar en nada más que en lo que se escuchaba. Me pareció una muy buena manera para motivarnos a orar o meditar, como se le quiera llamar.

Ir a este lugar a mediados de semana fue lo mejor que pudimos hacer, pues nos dio energías para el resto de la semana. Así debería ser con cualquiera de las religiones o filosofías en la que creamos, convertirlas en un espacio para "relajarse" y confiar en que las cosas, en su esencia, son mejores. Aunque "afuera" hay un mundo loco que nos vuelve locos a todos, la esencia de las personas, el espíritu, debería tratar de buscar su serenidad más frecuentemente. Después de todo lo que hacemos, cuando llega el día de irnos definitivamente, quizás eso sea lo que permanezca; lo demás, se vuelve cenizas y se va con el viento.

No hay comentarios: