martes

Huangshan 2. El tren eterno.






A las cuatro y media de la mañana del lunes 29 nos levantamos José y yo para tomar el tren de las cinco y media, "directo" a Huangshan.
Llegamos a la estación de trenes en taxi, pues aquí el metro empieza a funcionar a las 6 de la mañana, más o menos, nos compramos algunos snacks para desayunar y nos sentamos a esperar el abordaje del tren.
Por ahí de las 5:25 empezamos a abordar. Directo al vagón número 8, que fue el que nos tocó, el último del tren que podía tener unos 15 vagones. Encontramos un asiento para dos con dificultad, pues íbamos llenos.
Se supone que los asientos están numerados, pero la gente se sienta más o menos a su antojo; sin embargo, también hay opción de ir de pie, supongo que por menor precio. Una señora y un niño iban a viajar así, pero otra le dio un campito para que se sentaran.
El tren salió y estábamos asombrados de ver a los viajeros, quienes también nos veían a nosotros con asombro, pues éramos los únicos con apariencia de extranjeros en el vagón.
Luego de unos 15 minutos, uno de los empleados del tren se apareció para vender juguetes: una especie de trompo con luz que logró colocar bastante bien entre los pasajeros, así como "legos" flexibles para hacer todo tipo de figuras.
Los minutos, las horas, las paradas comenzaron a pasar. La gente subía y bajaba del tren constantemente, cada tres minutos, más o menos, en que se detenía. En las primeras horas, eran familias desayunando, cargadas con ollas de arroz y otras cosas con olores no muy agradables para las 6 de la mañana; más tarde, niños, ancianos que con el pasar del tiempo se quitaban los zapatos para recostarse en el duro asiento y dormir algunos minutos, si había espacio para ello.
Por ahí del medio día, con mi rudimentario chino, decidí preguntarle a un señor que a qué hora llegaríamos a Huangshan, pues la cosa iba lenta. A las cuatro de la tarde, me dijo. No sabíamos si reír o llorar, pues el viaje a la montaña nos iba a tomar casi 12 horas, lo mismo que duramos casi yendo hasta Nueva York...
En fin, qué podíamos hacer. Esperar y esperar, estudiar los caracteres, ir al baño de hueco con cuidado para no ensuciarse con nada y almorzar fideos de caja: así llenamos el tiempo Jose y yo, para que las horas fueran pasando con menor molestia. A las 3 de la tarde, una empleada del tren nos dijo que, finalmente, habíamos llegado a la última parada.
El chino al que le pregunté, entonces, se había equivocado, pues llegamos una hora antes de lo que me dijo. En esta ocasión fue bueno eso de que aquí casi siempre le dicen a uno cosas que no son...

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